Con la mirada fija en el horizonte, después de vencer todos sus miedos interiores y de haber sobrevivido a la más grande de las desesperaciones, una mujer se enrumbará hacia el infinito llevando en sus hombros milenios y milenios de intentos fallidos de humanidad. Será como haber despertado de una pesadilla; en esos momentos sentimos que el pecho nos duele por la agitación del corazón, que el sudor frío nos aprisiona en una sensación de pesadez inagotable; cosa más real que esa no existe. ¿Pero por qué tiene que ser el sufrimiento más real que la utopía? ¿Por qué la felicidad es tan efímera? Yo tengo más amplitud en mi cuerpo, más que la de esos seres llenos de desesperación, que nada más pudieron jugar con la dicha y la dejaron escapar, por causa de su crónica eyaculación precoz. Si los genes nos permitieron progresar hasta el punto de la demencia, y esa demencia me parió entre gemidos torrenciales, no defraudaré a tan singular estrategia del azar. Mientras despierto caen todas esas cortinas de siglos de luchas por el desquiciado poder, todas las quimeras se esfuman, y los cantos de sirena enmudecen. Es cierto que da miedo estar más despierto que nadie, y es insólito el que la única persona con vida sea yo, porque no tengo ninguna responsabilidad, y la persona más idónea para tenerla he sido yo. También es cierto que mi vientre conserva una fuerza germinativa que nadie ha conocido, y que aun soy capaz de seguir engendrando civilizaciones, crear nuevos dioses, nuevas formas de comunicación entre los seres y nuevas formas de vida. Lo he hecho ya más de cien millones de veces.
La última humanidad creyó en sí misma y se olvidó de su entorno; como resultado se ahogó en sus propios excrementos, como los fetos que son encontrados en el más turbio de los meconios, antes de ver siquiera la luz. La última humanidad fue capaz de teorizar hasta el cansancio, de crear una especie de cultura maravillosa, de criticarse a sí misma, pero no fue capaz de cortar por lo sano con la maldad. Teorizó acerca de la maldad y se resignó a tolerarla, proyectándola fuera de sí. La última humanidad peleó consigo misma en mi vientre y mordió su propio cordón umbilical, quedando asfixiada. Incluso alguien llegó a contar mi historia, y mi hija vio a su madre a través de un espejo, pero rehusó sonreírme y quiso seguir su proceso de narcisista autoexclusión de la vida.
Entonces decidí que había que abortarla. Subí a la espalda de ese grandísimo granuja que es el tiempo, y ahí dejé a mi niña, muerta y solitaria, sucia y ensangrentada, cabalgando sobre las velludas espaldas del monstruo que corre hacia el Vaknar.
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